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Cuando nos sentimos momentáneamente ansiosos se activan sensaciones en nuestro cuerpo y una serie de pensamientos intensos, de alarma, que buscan obtener control en relación a una determinada situación. Incluso en ocasiones nos aceleramos de tal forma que nos llenamos de sufrimiento innecesario.

Cuando esto ocurre habitualmente desarrollamos síntomas físicos y mentales como preocupación, anticipación ansiosa del futuro, tensión muscular, sensación de alarma, o agravamos nuestra situación de enfermedad, y esto puede desembocar en un bucle que generalmente encierra a aquellas áreas en la que más esfuerzos personales estamos empleando.

Quizás la manera en que respondemos a tales situaciones pueden generar otra serie de complicaciones para las que no tenemos respuesta e incluso se pueden añadir sentimientos de culpa y frustración.

No estamos entrenados a transitar el malestar. Lo sorprendente es que cuando entrenamos el sentido de ecuanimidad, logramos estar mucho más abiertos también a percibir los logros y alegrías en nuestras vidas que previamente no podíamos contemplar ni generar en un sentido pleno.

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